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UNA HERMANA SOBRE SU HERMANO

Hermano Julio, Mi Hermano

Rosalind Corazao Giesecke

2 de diciembre de 2017


¿Julio ha muerto? Recuerdo ese amanecer: un 13 de marzo del año 1998. Esa llamada telefónica. Mi esposo no puede explicarme el motivo de esa llamada tan temprano en la mañana. Todo sucedió a las 5 y 15 de la mañana, cuando mi hermano Julio, de 55 años de edad, estaba haciendo lo que él amaba: viajando a una ciudad de mi país, llevando ayuda a los damnificados de un desastre natural que había afectado la zona.

Julio, fuiste bueno. Nos regalaste tus libros. Ellos encierran tu corazón. Dices: “Hoy he dejado de escribir. Si tú has llegado a quererme, derrama tus lágrimas ahora, porque acabo de morir.” Y sigo leyendo “aquellos que hacen el bien en su vida, si escriben, seguirán haciendo el bien después de su muerte.”

Recuerdo las palabras de Julio. Él se sentía afortunado porque pudo ser creativo. Dice textualmente “hice locuras”. Usó su creatividad para vivir y servir. Y recuerdo cómo gozó sirviendo. Para Julio lo lindo de servir era que no era algo visible. Era algo que pasaba desapercibido. Él sentía que Dios lo rodeaba y lo invadía con frecuencia. Siempre recordaba las palabras de Cristo “Tuve hambre y me diste de comer”.

Recuerdo que no soportaba reuniones donde hay palabras y más palabras. Él decía “Sufro de reunionitis aguda; por favor, déjenme trabajar.” Julio me enseñó que el amor debo ponerlo en las obras, no en las palabras. Decía que es fácil criticar a las personas que hacen algo y que los que criticamos normalmente no hacemos nada. De Julio aprendí que juzgar es una de las fallas más grandes de los adultos, y me enseñó que esta falla la transmitimos a los menores, a los hijos, y que no sospechamos el daño que les hacemos. Él decía que el juzgar era el fuego intocable de Dios, y solo de él.

Recuerdo sus viajes dentro de nuestro Perú, su amada patria. Julio visitó tres veces un pueblo en la frontera con Ecuador, lugar desconocido para mí. Contaba en uno de sus libros que en ese pueblo nuestra bandera era el tronco de un árbol delgado, pero que los niños de la escuelita de ese lugar, cantaban el himno nacional con amor nunca visto. Él gozaba llevando pelotas de fútbol a niños que visitaba en sus viajes, en la costa, sierra y selva. En otro lugar pequeño habló con profesores que solo tienen primaria completa. Gozaba sirviendo a su país.

Durante sus dos años de viajes por el Perú, oraba en aviones y avionetas, en hoteles y playas, en cerros, en plazas de armas, en lagunas. Nunca rezó tanto y nunca hizo tanto bien como en esos años. Una de sus satisfacciones fue el recibir 2500 cartas de desconocidos que leían los artículos que publicaba los días domingos en el periódico local de una ciudad al norte del país. No sentía orgullo, sentía satisfacción. Sentía que al escribir daba algo.

Julio me enseñó que trabajar y vivir para el desconocido es una señal que Dios solicita dicho trabajo. Me enseñó la importancia de trabajar con espíritu juvenil para así gozar. Me dijo que era importante estar en el lugar preciso en el momento en que a uno lo necesitaban. Me instaba a no instalarme en la vida. Lo recuerdo trabajando incansablemente. Recalcaba el confiar en las personas.

Recuerdo su amor por los ancianos. Para Julio los ancianos irradian algo diferente. En sus textos, nos pide visitarlos, quererlos. Julio se impresionaba al encontrar al anciano que no tenía nada de nada, ni comida, pero que tenía el amor de su familia. Para Julio, ese anciano, aun sin comida, vivía dignamente. Él solía decir “la dignidad del ser humano es ser considerado y amado como personas”. Su lema era “el amor al anciano.” ¿Cómo lo puso en práctica? Dos obreros mayores se retiraron del colegio en el que él era director. Despedida en el campo, almuerzo con todos los trabajadores, no hubo límites ni en la comida ni en la bebida. Julio decía “no se puede poner límites para decir gracias”. Para Julio ese es el adiós que los dos obreros recordarían en momentos de soledad. Esa despedida a todo dar es comprender lo que es la vejez. Para él preparar la vejez es llenar la vida de momentos inolvidables. Esos momentos que se recuerdan una y mil veces más valen más que todo el dinero acumulado. Julio me enseñó que visitar asilos es necesario. Me dice en sus libros que envejecer no es cuestión de calendario. Es asunto serio, triste y es la fuente de ternura.

Recuerdo a Julio hablando sobre su visión del futuro de la congregación de los marianistas, a la que él pertenecía. El veía un hombre de fe, que rezaba, que amaba a María, y que tenía una misión. El sueño de Julio: que el marianista viva con su pueblo, sienta sus necesidades, llore con sus penas. Al acompañar al hombre, a la mujer, al niño peruano, sentiría la necesidad de Dios, le hablaría de su pueblo, y regresaría a su gente para hablarles de Dios. Me doy cuenta de que yo también debo vivir el amor, la bondad, la misericordia, y el perdón; hablar de Dios y amar a María.

Julio me enseñó la diferencia entre la autoridad y el poder. Me recordaba que el poder estaba en Roma, con sus decretos; la autoridad en Nazaret, con sus parábolas. El poder, Poncio Pilato; la autoridad, en medio de dos ladrones, crucificado. Hoy, decía Julio, el poder está en los bancos, los palacios, las grandes instituciones. Él se preguntaba “¿dónde está la autoridad?” Julio sentía que nos alejamos más y más de la forma y espíritu de vivir de Cristo. El mundo cada día más y más materialista. En Asís, Francisco decía con hechos “vivamos el evangelio en su plenitud”. Para Julio el Perú, país pobre, sangrante, necesita a gritos una autoridad.

Lo recuerdo ayudando en los pueblos jóvenes. Amaba la ayuda al prójimo. Me enseñó la necesidad de tomar la posta. Me enseñó que la bondad es la esencia de la vida y que el amor a María es rezar su rosario siempre Recuerdo que Julio decía “la pobreza existe; mi misión es hacer algo.” Así conoció un pueblo joven llamado el Nazareno. No había agua, no había electricidad, había un niño Franckie que no iba todos los días al colegio porque se turnaba con su hermanito el único par de zapatos que tenían. En el Nazareno, tenían hambre. Les llevaron cocinas, se compartió comida, se ofrecieron talleres de artesanía; había hambre de conocimiento y hambre espiritual. Julio manejaba la camioneta, cargaba comida, conversaba con la gente, paseaba a los niños en la camioneta, compraba zapatos para los Franckies, llevaba hula-hulas. Iba donde el amigo pobre y se hacía más amigo de él, y se hacía más amigo de Dios. En el Nazareno eran pobres. Llegó la epidemia del cólera. Murió una mujer, murió otra, se sintieron más pobres. Para Julio el Nazareno era el Perú. País pobre que sufre dolido. Julio recordaba las palabras de un famoso poeta peruano “hermanos hay tanto que hacer”. Tenía presente que si dejas de darte es necesario hacer un alto en el camino, regresar sobre tus pisadas y buscar dónde perdiste a Dios.

Recuerdo que él dedicaba el 24 de diciembre a manejar el carro lleno de juguetes, galletas, colores y alegría. ¿Dónde iba? No sabía. Él decía “el regalo más lindo es el inesperado, es el del desconocido, es de aquel al que nunca más volveremos a ver”. Su corazón celebraba Navidad con los niños de Lima el 24 de diciembre durante todo el día. Él decía “los juguetes llegan donde los niños”. Sentía que Jesús se acercaba a él. Contaba que visitaba a los obreros del colegio. Recuerdo que visitó a Laurencio en un arenal, con calles desordenadas; la casa de Laurencio, sus patitos, no hay puerta. Solo Laurencio y Julio comen. ¿Por qué no comen los demás? Hay que usar los tenedores por turnos. Solo hay dos. Igual sucede con los vasos. Pero Julio observa que tienen televisor. Educación. “Tengo que educarlos”, dice Julio. “Pero no debo cerrar los ojos. Hay mucha pobreza, es mi patria, es mi Perú.” Julio entrega su vida a dos verdades: combatir la pobreza y la falta de educación.

Recuerdo que Julio contempla la pobreza de los niños en Navidad, contempla la pobreza de Laurencio y los dos tenedores, contempla el Perú, y comienza a tratar a la pobreza con cariño, se va convirtiendo en su hermana pobreza. Releo sus libros y Julio me dice que al tratar con la pobreza, se va sintiendo lo que los pobres sienten y se va aprendiendo. Uno se va acercando a Dios. Entiendo que Julio me esta´ enseñando que la amistad con los pobres me va haciendo mejor amiga de Dios.

Julio murió el 13 de marzo de 1998, pero está presente todos los días de mi vida con sus enseñanzas. Releo sus reflexiones y trato de seguir su ejemplo. De esta manera soy feliz recordándolo. Gracias, Julio, por seguir vivo en mi diario existir. Gracias por tu presencia en mi vida.

Rosalind Corazao Giesecke/ 2 de diciembre de 2017


Si quieren saber mas sobre Julio Corazao Giesecke por favor entrar a los siguientes blogs:

http://peru-cristiano.blogspot.com/2014/04/peruanos-ejemplares-valores-de-los.html

http://micolegiosantamaria.blogspot.com/2011/07/

https://jabenito.blogspot.com/2017/10/el-decalogo-del-maestro-itinerante-al.html


Obras Publicadas:

Mi Amigo

Lecturas Reflexivas para la Juventud

La Mansión de los Juguetes

Reflexiónes de un solitario

Por los Caminos del Espíritu

Los Hijos de Dios

Valores: Una Experiencia Personal durante 30 Años

La Vida.




Hno. Julio Corazao enseñando a miembros del magisterio nacional.

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